La espiritualidad puede estar enfermándote

La espiritualidad no está muy lejos de entenderse como una conexión con nuestro soporte vital en la existencia. Algo parecido a conectar con la energía que hace crecer nuestro pelo, nuestra piel y cada una de las partes del cuerpo; o con el ATP que producen las mitocondrias para mantener viva cada célula.

Esa fuerza que nos compone y que nos atrae por su naturaleza misteriosa existe. Pero no todo lo que existe debe ser intervenido, manipulado o controlado conscientemente.

Hay procesos que funcionan precisamente porque no intentamos dirigirlos. Si quisiéramos controlar de manera consciente cada latido, cada respiración, cada reacción química o cada renovación celular, enfermaríamos.

Con la espiritualidad sucede lo mismo.

Cuando intentamos intervenir en aquello que debería desarrollarse de manera natural, terminamos desconectándonos de la vida y enfermándonos la mente y el cuerpo, mientras creemos que estamos acercándonos a lo divino.

La creencia de que, para ser más felices, más sanos, más puros o más espirituales, debemos restringir la alimentación, reprimir la sexualidad, reducir nuestro círculo de relaciones, renunciar al dinero, culpabilizarnos por sentir placer o mutilar nuestra libertad de pensamiento para adoptar un determinado credo, logra todo lo contrario.

Todo ello puede nacer de una falsa ilusión: la creencia de que debemos prepararnos para el reencuentro con lo verdadero. Y casi siempre este impulso se origina por traumas que no hemos enfrentado, buscando una salida forzada de la vida.

La mente pura de un niño sin traumas jamás persigue la espiritualidad.

Pero, mientras te preparas para otra realidad, quizá te estés perdiendo esta.

Mientras buscas elevarte rechazando tu cuerpo, pierdes el ancla con la vida.

Mientras persigues la pureza, puedes estar mutilando tu humanidad.

Mientras esperas encontrar a Dios, puedes estar despreciando el regalo de la vida.

La vida no nos ha sido entregada para rechazarla, sino para disfrutarla en toda su plenitud. No tengas miedo de perderte, de sentir, de desear, de equivocarte o incluso de rozar el vicio; el vicio solo aparece con la represión y mutilación. La libertad no es el caos. La libertad es movimiento, experiencia, desequilibrio y retorno. Es un organismo vivo que siempre encuentra su propio equilibrio, como lo hacen tu cuerpo y la naturaleza.

No necesitas convertirte en un ser domesticado, neutral y previsible para ser espiritual.

No necesitas amputar tus deseos.

No necesitas convertir el placer en pecado.

No necesitas empobrecerte para demostrar desapego.

No necesitas aislarte para demostrar profundidad.

No necesitas mutilar tu pensamiento para pertenecer a una doctrina.

Solamente el trauma escondido nos provoca dichos impulsos.

Por mucho que te prepares mediante el ascetismo, la disciplina, la renuncia o la ecuanimidad para el reencuentro con lo divino, jamás estarás preparado.

Las energías primordiales que componen la existencia, cuando son liberadas, son insostenibles para la identidad humana. No se dejan atrapar por una doctrina, una meditación, un maestro ni un ritual.

Te ciegan y te desintegran más rápido y con más fuerza que la explosión de un universo.

Lo sagrado no necesita que le reces, que lo persigas ni que renuncies a ser humano.

Disfruta de la vida; por eso fuimos creados. Sin prejuicios. Libre. Humana.

Come, ama, desea, crea, relaciónate, gana dinero, pierde, equivócate, cambia de opinión, ríe, disfruta de tu cuerpo y piensa por ti mismo.

Todo será vivido, todo será caminado… mediante el fluir de la vida y la ley del mínimo esfuerzo.

Fluye con su curso natural. Pero, para que las ganas de mutilarte y de marcharte cesen, primero deberás destraumarte porque, aunque duela escucharlo, posiblemente el camino de la espiritualidad es el camino del trauma; al no enfrentarnos al daño emocional.

Aunque todo está diseñado para que siempre disfrutes el regalo de la vida, estamos dulcemente condenados a disfrutar esta hermosa historia de amor que llamamos vida.

Libertad, Amor, Humor y Paz

¿Qué te despierta esta reflexión?

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