La salud y la felicidad no se aprenden; se ejercen
La salud, en el fondo, es una cuestión de perspectiva; incluso podríamos afirmar que también lo es el sentido de la vida. Entonces, ¿qué nos separa de la salud y de la felicidad?
Los prejuicios, las ideas, la creencia de que debemos aprender qué es la salud o descubrir cómo alcanzar la felicidad. La salud y la felicidad no nacen del conocimiento, aunque en determinados momentos pueda parecerlo. Se ejercen, se viven.
Empiezan a revelarse cuando rompemos los métodos y las ideas creadas para alcanzarlas, porque, al final, se convierten en muros.
La mente humana está diseñada para reproducir aquello que habita en el interior del ser humano, pero solo puede ofrecernos una réplica imperfecta. Quizá sea este el juego de la vida: atravesar el engaño de la mente para reconocer, finalmente, la verdad que siempre estuvo dentro de nosotros.
Extrapolemos esta idea a la energía del cuerpo. Observaciones bioeléctricas relacionan la regeneración celular con un potencial eléctrico negativo. Sin embargo, limitarse a inducir ese voltaje para favorecer la regeneración puede resultar insuficiente, porque no es únicamente ni lo más importante una cuestión de polaridad, sino de resistencia.
Cuando el individuo libera las resistencias presentes en su cuerpo y en su mente, la energía se manifiesta, con su doble polaridad, activa y desactiva aquello que corresponde. Entonces, el organismo despierta por sí mismo: no porque le impongamos lo que creemos mejor para él, sino porque hemos retirado prejuicios, obstáculos y resistencias.
Coherencia y paz: el flujo natural de la vida.
Dicho de otra forma más breve:
Libertad, Amor, Humor y Paz.
¿Qué te despierta esta reflexión?
