No vas a morir y no hablo de reencarnación
Todo ser humano nace siempre en el centro de todas las posibilidades. No importa si ha nacido en un pasado remoto, en el presente o en un futuro lejano: en su interior tiene acceso potencial a toda la vasta información del universo, a la tecnología más refinada, a la salud absoluta, a la inmortalidad, al reencuentro con su Creador y a cualquier realidad que sea capaz de imaginar.
No es casualidad que el ser humano actual se encuentre precisamente en el epicentro de una transformación que, hace solo cincuenta años, habría resultado impensable. Basta con observar los grandes avances científicos, tecnológicos y humanos, que se multiplican a una velocidad incontrolable. Todo parece indicar que las posibilidades siempre estuvieron ahí, esperando a que la conciencia humana alcanzara el estado necesario para reconocerlas, comprenderlas y convertirlas en realidad.
Esto abre otro debate, quizá más profundo y también más crudo: no vas a morir.
No importa que aparentemente estés envejeciendo, hayas visto morir o hayas enterrado a familiares y seres queridos; más bien estos proceso ayudan a favorecer que aceptemos el cambio de plano, que aceptemos abandonarlo todo, aceptemos la aparente muerte, bajando el nivel de apego. Aconteciendo así el gran despertar de una forma menos forzada y cruda. Pues la magia y control absoluto de la ilusión por parte de procesos insondables que componen la vida son esquivos a toda razón. Tampoco te hablo de la idea de la reencarnación, tantas veces interpretada y controlada por el ego. Te hablo de algo distinto: de un estado de madurez en el que la conciencia individual deja de percibirse como una entidad separada y se integra en una realidad mayor.
El Gran Espíritu nos creó del sin sitio y sin lugar, desde la no forma, desde lo inimaginable y, mediante la ilusión que llamamos vida, nos concedió la posibilidad de adquirir conciencia. Ahora esa conciencia parece encontrarse al borde de un despertar total.
Cuando ese despertar se produzca, aquello que creías ser podría encontrarse frente a una verdad inconmensurable, una verdad capaz de devorarlo todo: tu identidad, tus certezas, tu historia y hasta la posibilidad de una continuidad reconocible.
La continuidad no es como la imagina la mente humana. Tal vez la continuidad pertenezca a un orden mucho más amplio, inaccesible todavía para nuestro entendimiento y conocido únicamente por el Gran Espíritu.
Por este motivo, entre los ecos del Gran Espíritu que se reflejan, aunque vagamente, en las distintas religiones, hay una enseñanza que se repite más que ninguna otra con una insistencia extraordinaria: «No tengas miedo».
Quizá esta advertencia revele que el despertar no es un tránsito sencillo. Abandonar aquello que creíamos ser, soltar nuestra identidad y enfrentarnos a una verdad que supera toda comprensión humana puede resultar aterrador. Sin embargo, ese tránsito parece necesario. El miedo no sería entonces una señal para retroceder, sino el proceso que la conciencia debe atravesar para llegar a ser aquello que está destinada a ser.
¿Qué te parece esta reflexión?
