
De pequeño no me fue nada bien el colegio, era el niño al que muchos daban por perdido: divertido, gracioso y siempre dispuesto a hacer reír a los demás, pero con unas notas desastrosas. Tanto, que me hicieron repetir curso cuando todavía era muy pequeño.
Los profesores me hicieron creer que era casi un retrasado. Hace más de cuarenta años no existía demasiada sensibilidad a la hora de tratar a un niño y, con el tiempo, yo mismo acabé aceptando aquella idea. Parecía evidente: era incapaz de concentrarme, no tenía ninguna disposición para escuchar en clase y sentía un profundo rechazo hacia todo lo que allí me imponían.
Sin embargo, era inmensamente feliz. Incluso mirar una pared podía hacerme feliz. Sabía disfrutar de la vida, aunque viviera encerrado, contra mi voluntad, en aquella cárcel llamada escuela. Conservé dentro de mí una felicidad que el sistema educativo nunca consiguió destruir.
Me obligaron a continuar estudiando hasta que, al alcanzar la mayoría de edad, decidí abandonar los estudios.
Siempre me había gustado filosofar, aunque entonces no sabía qué significaba realmente. Era consciente de que pensaba profundamente. Tanto, que algunos amigos llegaron a asustarme al decirme que podía volverme loco por plantearme cuestiones en las que nadie más parecía pensar.
Un día, un buen amigo me dejó un libro. Él estudiaba Magisterio y fue la primera persona que me dijo que yo era especial. También me preguntó por qué no había elegido una carrera profunda, como Filosofía.
El libro era El mundo de Sofía.
No sé cómo comencé a leerlo. Hasta entonces apenas había leído tres o cuatro libros, y nunca había conseguido terminar completamente ninguno. Sin embargo, entre aquellas páginas ocurrió algo que cambiaría mi vida; logró despertar aspectos de mí que no sabía que existían.
Cercano ya a los veinte años, había llegado a pensar que era menos que los demás, un simple peón dentro de un enorme tablero de ajedrez. A través de aquel libro descubrí que no era menos que nadie: descubrí que era un filósofo.
A partir de entonces comencé a leer aquello que verdaderamente despertaba algo en mí. Me apunté a academias de filosofía y llamé a todas las puertas en las que pudiera encontrar conocimiento, profundidad y respuestas.
En cada enseñanza que llegaba a mi vida se repetía un mismo proceso: necesitaba observarla, diseccionarla, extraer lo esencial y reconstruirla de una forma más sencilla, humana y comprensible. Así ocurrió con mi visión del ser humano, la alimentación, el canto, la música, el reiki, el chamanismo y la propia acupuntura. En poco tiempo podía percibir los nudos, las limitaciones y las complicaciones innecesarias de cada camino, y sentía la necesidad de transformarlos.
«Si no es sencillo, no es verdad».
Esta ha sido siempre mi máxima, porque la vida, cuando no la interferimos, es sencilla y fluye.
Durante mi recorrido viví experiencias que transformaron por completo mi manera de comprender la existencia. Permanecí dos años en un profundo estado de dicha; durante seis meses, esa vivencia estuvo presente las veinticuatro horas del día.
También atravesé una experiencia cercana a la muerte de la que casi no regreso. Aquel momento marcó un antes y un después en mi vida y me permitió comprender con claridad realidades que llevaba percibiendo desde la infancia.
Soy incapaz de memorizar una frase larga. Sin embargo, puedo abrir la boca y permitir que las palabras fluyan a través de mí, surgiendo de manera natural, sin necesidad de repetir un discurso aprendido.
Sé que mi forma de observar la vida es diferente, porque he dedicado mi existencia a mirar más allá de lo evidente, a cuestionar lo establecido y a permanecer despierto ante aquello que sucede dentro y fuera de nosotros.
De todo este camino nacieron mis dos terapias. No son únicamente un conjunto de técnicas, sino el fruto de mi historia, de mis experiencias, de años de búsqueda y de una profunda comprensión del ser humano.
Bioneogénesis fue llegando poco a poco a mi vida. Me fue entregada a través de numerosos mensajeros, aprendizajes y experiencias. Yo fui reuniendo cada pieza, comprendiéndola, transformándola y reinventándola hasta convertirla en un método propio.
Sin embargo, no fui consciente desde el principio de la verdadera dimensión de aquello que estaba naciendo. Fue al alcanzar aproximadamente las 1.500 terapias realizadas cuando comencé a comprender que estaba ante algo inmensamente potente, algo capaz de cambiar profundamente la vida de las personas.
Lo veía en quienes acudían a mí, en sus procesos, en sus cambios y en la forma en que sus cuerpos respondían. Aun así, sentía que todavía no alcanzaba a ver todo su potencial. Sabía que había algo mucho más grande delante de mí, pero todavía no lograba contemplarlo en toda su amplitud.
Los dos últimos años vividos en la selva han sido cruciales. El silencio, la naturaleza, conectar con mentes puras, la profundidad de las experiencias y todo lo aprendido allí me permitieron comprender con mucha más claridad el potencial eléctrico del ser humano y otras dimensiones esenciales del proceso terapéutico que hasta entonces únicamente había podido intuir. En la selva pude unir muchas de las piezas que llevaba toda una vida recogiendo. Comprendí la amplitud de lo que había desarrollado y la verdadera capacidad de este trabajo para activar procesos profundos de regulación, regeneración y transformación.
El Bioplasma Sinérgico es la consecuencia de todo un camino: un fruto nacido de la conciencia y la coherencia adquiridas gracias a mi fortaleza, al impulso vital que me llevó a descubrir quién soy, el porqué de la existencia y los pilares que la sostienen. También, podríamos decir, nació de cierta dosis de imprudencia, pues llegué a asomarme a los abismos más profundos de la existencia, a lugares desde los que el retorno parecía imposible.
Aunque lo percibía desde niño, durante muchos años no conseguí comprender qué era. Sin embargo, su presencia se hacía cada vez más evidente ante mí, a veces como algo hermoso y otras sentía un poco de miedo por la magnitud incomprensible de fuerzas primordiales indomables que sustentan la vida.
Después de mi experiencia cercana a la muerte pude verlo con absoluta claridad. Pero han sido estos dos últimos años de observación, práctica y convivencia con la naturaleza los que me han permitido comprenderlo en toda su amplitud y reconocer el inmenso potencial que siempre había estado delante de mis ojos.
Hoy, Bioneogénesis y el Bioplasma Sinérgico representan la culminación de todo mi recorrido. Son el fruto de mi experiencia, de mis errores, de mis descubrimientos y de una vida entera dedicada a comprender lo que somos.
